He pasado el fin de semana con mucho desánimo. Si me tumbaba en la alcoba para relajarme nada hacía que me evadiera, ninguna lectura me entretenía y ninguna receta del libro de Simone Ortega me parecía lo suficientemente sugestiva. No me apetecía asearme ni acicalarme para salir a la calle. Sin embargo,alguna visita me hubiese agradado. Pensé en mi amiga Jacinta la Heavy, que tiene la fea costumbre de presentarse en mi casa sin avisar cuando le viene en gana, pero cuando intentas contactar con ella para quedar o charlar, nunca está localizable. Le dí varios toques al móvil, por si acaso, pero no contestó. La esperé toda la tarde hasta que llegué a la conclusión de que Jacinta es el tipo de amiga que siempre está a tu lado cuando realmente no la necesitas.
Dado mi estado, esta mañana he ido a ver nuevamente a mi médico de cabecera, la doctora Palmer. No tengo reparo en acudir a ella las veces que sean necesarias, por algo pago un seguro. Es una gran profesional, pero hoy estaba algo hosca y carente de empatía.
"Señorita Bárbola, no pienso recetarle ninguna caja de Seroxat, puesto que hacen el mismo efecto en su organismo que un Smint".
Regresé a casa, me preparé un sandwich de pan Bimbo con sardinillas en aceite vegetal y conseguí conciliar el sueño en la sobremesa, pero solo unos minutos. Tuve un sueño en el que me veía a mí misma dentro de varias décadas, conviviendo con un robot Asimo que me acompañaba al médico, a la farmacia, preparaba el desayuno, limpiaba la casa y sintonizaba los canales de la TDT. Hablaba y transmitía emociones, era un gran amigo. Desperté justo en el momento en que bailábamos un pasodoble en las fiestas de la Paloma. No me dio tiempo a averiguar si Asimo era vecino de esta Villa o un empleado de los Servicios Sociales del Ayuntamiento.
Miré el reloj y recordé que tenía turno de tarde en el Jack&Jones. Me pinté los labios, me prendí una flor en el pelo y salí escopetada para Fuencarral. El bullicio, la música tecno y la insolencia de la clientela me han ayudado a recuperar mi espíritu.
lunes, 10 de octubre de 2011
lunes, 3 de octubre de 2011
Match Point
El otro día creé una cuenta en E Darling. Debí levantarme optimista, no conforme a resignarme a mi naturaleza y limitaciones. Me cité con un apuesto caballero, para charlar y conocernos mejor. Era tenista y me invitó a uno de sus partidos, en el club Somontes de El Pardo. "Vestiré un polo blanco y azul" me puso en un sms. Allí me presenté. Dudé en ponerme un conjunto Lacoste de falda corta muy apropiado, pero al final opté por camisa blanca y jeans. Una pulsera Pandora remataba mi atuendo. No quiero convertirme en una especie de Carrie Bradshaw. Detrás tenía dos señoras de unos cuarenta y cinco años, con un pelo rubio luminoso y esponjoso, ataviadas con vistosas joyas. El partido me aburrió tanto que intenté entablar conversación con las dos damas. Me ignoraron completamente, pero me entretuve escuchándolas.
- Pues sí, estuvimos en Paris y tampoco es para tanto la fama que tiene. Madrid me gusta mucho más, mucho más limpio. Tanto bombo con los Campos Elíseos y está mucho mejor La Castellana...
- Y La Almudena más señorial que Notre Dame...
- Claro que sí, y el metro de Madrid es el mejor de Europa, nada que ver con la basura que tienen ellos...
El tenista se acercó a la grada tras su paso por el vestuario. Cuando me vio se quedó inmóvil, mentiría si dijera que estoy acostumbrada a ese tipo de reacciones.
- ¿Te vienes a tomar algo al bar del club?
- Será un placer.
- ¿Qué te ha parecido el partido?
- No entiendo mucho de tenis.
Me miró sonriente y dijo con desdén:
- ¿Qué pasa? ¿Que no te gustan los deportes?
- Por supuesto que sí, caballero. Me gusta la equitación, la gimnasia rítmica, el patinaje, la natación sincronizada...
- Invítame algún día a verte patinar.
Y lanzó una sonora, desagradable e interminable carcajada que se me clavó en el estómago como la punta de un cristal.
Le miré fijamente y de forma inquisitiva.
- Eso será el día que Usted me invite a algún partido suyo del circuito de la ATP.
Se quedó boquiabierto, el muy estúpido. Antes de que articulara frase alguna, le espeté:
- Y lo siento, pero me tengo que ir. Ayer ví "Match point" y desconfío de los tenistas aficionados.
Me dí la vuelta y volví a casa. No miré atrás en ningún momento. Recuerdo el episodio con amargura, pero feliz por no haber perdido mi orgullo. Imagino que he vuelto a entrar en otra larga etapa de recelo hacia las virtudes del sexo opuesto.
- Pues sí, estuvimos en Paris y tampoco es para tanto la fama que tiene. Madrid me gusta mucho más, mucho más limpio. Tanto bombo con los Campos Elíseos y está mucho mejor La Castellana...
- Y La Almudena más señorial que Notre Dame...
- Claro que sí, y el metro de Madrid es el mejor de Europa, nada que ver con la basura que tienen ellos...
El tenista se acercó a la grada tras su paso por el vestuario. Cuando me vio se quedó inmóvil, mentiría si dijera que estoy acostumbrada a ese tipo de reacciones.
- ¿Te vienes a tomar algo al bar del club?
- Será un placer.
- ¿Qué te ha parecido el partido?
- No entiendo mucho de tenis.
Me miró sonriente y dijo con desdén:
- ¿Qué pasa? ¿Que no te gustan los deportes?
- Por supuesto que sí, caballero. Me gusta la equitación, la gimnasia rítmica, el patinaje, la natación sincronizada...
- Invítame algún día a verte patinar.
Y lanzó una sonora, desagradable e interminable carcajada que se me clavó en el estómago como la punta de un cristal.
Le miré fijamente y de forma inquisitiva.
- Eso será el día que Usted me invite a algún partido suyo del circuito de la ATP.
Se quedó boquiabierto, el muy estúpido. Antes de que articulara frase alguna, le espeté:
- Y lo siento, pero me tengo que ir. Ayer ví "Match point" y desconfío de los tenistas aficionados.
Me dí la vuelta y volví a casa. No miré atrás en ningún momento. Recuerdo el episodio con amargura, pero feliz por no haber perdido mi orgullo. Imagino que he vuelto a entrar en otra larga etapa de recelo hacia las virtudes del sexo opuesto.
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